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22.DESESPERACIÓN

DESESPERACIÓN

La clase de cálculo, la más odiada por todos, especialmente cuando eran llamados al frente a desarrollar complicados ejercicios, Ina rogaba no ser convocada a “pasar vergüenzas” pues no había entendido ninguna clase de la asignatura y las explicaciones brindadas por Emma no abarcaron ese tema, se propuso que si salía invicta de situación le pediría a Emma volver a tomar clases con ella muy dedicadamente.

El maestro empezó a llamar a los de la fila de enfrente, el primero fue Oscar Urdaneta quien sin dificultad superó la prueba, dándole paso al próximo alumno que resulto ser Emma que con cara no muy complacida, dubitativa y meditabunda se levantó de su silla, Ina creyó que la chica hubiese preferido nunca haber retornado a su lugar en frente. Al comenzar escribía los números en desorden y por cada resultado que escribía: borraba tres bajo la iracunda mirada del profesor que rezongaba cada vez que erraba. Era extraño que Emma no supiera resolver esos ejercicios, ya que ella siempre prestaba atención aplicadamente a todos los maestros no importase lo pesados o aburridos que fueran, eso la hacía destacar en el grupo y por tal motivo era rechazada también, pero esta vez parecía no tener idea de cómo se realizaban las complicadas ecuaciones, o acaso estaba fingiendo no conocer del tema para caer bien.

No, eso no lo haría la Emma que conocía; tan honesta, buena gente, ingenua, cándida, tímida, linda… mientras enumeraba una a una las virtudes de la pelirroja, Víctor Zuazo se puso de pie ofreciendo su ayuda a Emma siempre con su cara de malicia y de dobles intenciones. Sin embargo tontamente confió en que él tal vez la sacaría de apuros ya que ella no podía puesto que estaba más confundida que la misma muchacha.

Zuazo se acercaba azarosamente por sus espaldas.

-Emma no tengas miedo, dijo con su tono burlesco tomándole lascivamente el glúteo derecho para el asombro de los estudiantes en especial de Ina, todos los presentes exceptuando al profesor García y a ella por supuesto, empezaron toda clase de chiflidos, silbidos y vociferaciones.

Le zumbaban los oídos no estaba segura si era debido al bullicio o a la consternación que acarreaba, no hubiera dudado en ir a darle unos buenos golpes al muy maldito pero se contuvo pensando en que eso a Emma no le agradaría mucho ya que se formarían chismes y habladurías que dañarían su “reputación”, así que contuvo sus impulsos y aguardó a que ella misma le diera su merecido y lo pusiera en su sitio, pero para su pesarosa decepción eso no ocurrió y la chica se limitó a apartarse solo unos centímetros de los carnales alcances de Zuazo.

Bajo los fallidos intentos que hacia el confuso maestro para apaciguar los ánimos, indicó a Emma que volviera a su lugar no sin antes anunciarle que tenía un cero por sus malogrados intentos, mientras que Víctor continuo desarrollando el ejercicio como si nada.

***

No le quería ver la cara a Emma en lo que restaba del día, así que en el receso decidió ir a la biblioteca a concluir con el resumen de literatura, sus suplicas en cálculo no fueron escuchadas ya que sí había sido llamada al pizarrón pero se había negado rotundamente pues determinando su nivel de conocimiento igualmente tendría cero si salía o sino. Dentro encontró solo a la encargada a quien simulando cortesía le pidió la obra de su tarea y cuando la obtuvo prefirió ir a leer en las mesas de al fondo que estaban ocultas tras las grandes estanterías de libros catalogados.

Su concentración no duro mucho, ni siquiera pudo empezar a leer -analizar la guerra… recordaba tontamente sin tener idea ¿guerra de qué? -¿Guerra?, planteaba después llegando a su mente mil ideas de asesinar a Zuazo, y a Emma, a ella quería hacerle cosas peores.

Una dolorosa tortura que no parecía tener fin pues atormentaba agudamente sus pensamientos, todo tenía sentido ahora, podía ver las cosas con claridad, la escena en el aula de clase fue la ficha que le faltaba al rompecabezas que para su amargura se acopló perfecto. Una cantidad de imágenes pasaban por su mente, en donde Emma y Víctor eran una constante, los dos juntos, abrazados, ceñidos, envolviéndose, rodeándose, besándose…

En la parte superior de su brazo descubrió la pequeña herida que tenía ya desde hace algunos días y que no recordaba como se la había hecho aunque tenía una suposición. La fina cortadura cicatrizaba resurgiendo con delicada y nueva piel, con curiosidad tomó su bolígrafo y comenzó a apartar la piel que la recubría introduciendo la punta de la pluma dentro de la cortada que se fue apartando con cada coacción, cada punzada obtenida parecía aliviaba su dolor, así que continuó recibiendo esa improvisada y temporal calma enclavándolo con más sentencia dentro de su piel, Emma tenía algo con Zuazo, le había mentido, la había engañado, era una falsa, una traidora…

-¿Ina qué haces?, Escuchó decir a una perpleja voz frente a ella.

Y allí estaba la causante de todo su sufrimiento mirándola horrorizada; de inmediato sacó el esfero de su piel intentando ocultarle lo que hacía, pero todo la delataba, principalmente las gotas de sangre que empezaron a emanar recorriendo el dorso su brazo hasta ser absorbidas por las páginas del libro abierto que esperaban por el final del goteo.

Emma turbada buscó en su maleta obteniendo unos pañuelos descartables, Ina contrayéndose intento ponerse lejos de su alcance evitando sus atenciones pero ella la consiguió sujetándole el brazo y llevándolo bajo sus cuidados.

-¿Qué haces Ina?, volvía a decir contundente-es la herida de hace unos días, señalaba en tono de sermón mientras presionaba algunos de los paños en la lesión.- ¿Por qué te dañas?, ¿estás loca?

-Fue tu culpa, la acusó de inmediato.

-¿Te cortaste por mi? Le preguntó retirando el pañuelo de su brazo, debatiéndose entre estar horrorizada o alagada, aunque claro está temiendo por la respuesta.

-Ja, no seas ilusa Emma Alberdi, dijo Ina con cruel y burlón tono -Yo no me hice eso por ti, fue tu culpa, la incriminó atrozmente de nuevo –¿Qué ya no recuerdas las probetas voladoras en el desastre que causaste en el laboratorio? Le interrogó con perfidia.

Emma dejó los pañuelos y volvió sus manos puños dando un golpe ahogado en la mesa y tramitándole una irreconciliable mirada de odio, creyó que la chica emprendería su retirada pero en cambio la vio avanzar hacia ella, estaba segura que en aquel momento la golpearía así que de forma inconsciente cerró los ojos para esperar la estocada. La joven se abalanzó sobre ella tomándola por los extremos de su rostro como abrigándole las orejas e introduciendo con sometido agarre sus delicados pero firmes dedos entre su corto cabello, esto la empujo contra el espaldar de la silla reclinando a esta fortuitamente hacia atrás y amenazando con tumbarla, sin embargo no ocurrió. Podía sentir las yemas de sus dedos implantándose en su cráneo y el peso de la chica recargado sobre ella, y de pronto sin vaticinarlo si quiera sintió como extraordinariamente empezó a besarla con desesperación.

Sus labios se aferraban firmes y decididos impregnando su brillo labial que se difuminaba en los suyos; de ningún modo imaginó ser besada de forma, resolvió abrir los ojos para asegurarse de que fuese la misma Emma que creía conocer; se encontró con las marrones vistas que iracundas exigían una respuesta a el abatido beso que no parecía terminar y que en cambio se acoplaba con más arrebato a su boca acorde pasaba el tiempo, de hecho apenas comenzaba, fue entonces cuando decidió corresponderle, como no hacerlo si prácticamente la obligaba aprisionando aún más sus labios de una extraordinaria e incontinente manera.

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